¿Sabías qué… ?

Construida seguramente en el siglo IX, durante el emirato de los omeyas. Se supone que fue obra de Abderramán II. De estructura cilíndrica en origen, como todas las atalayas musulmanas de la época, tiene una altura de 11 metros, un diámetro exterior de 3,8 metros y un diámetro interior de 2,5 metros. En época cristiana se amplió con un añadido rectangular, probablemente para permitir la estancia de una pequeña guarnición militar. En un lateral se abrió una puerta de acceso de 1,5 metros de alto, seguramente para obligar a inclinar la cabeza a los visitantes. Al ingresar en la atalaya se observa como la base de la torre tiene, a una altura de unos 3 metros, el vano de una puerta que era el acceso original. Estaba elevado para evitar agresiones y los ocupantes disponían de una escalera de mano para entrar y salir con seguridad.

En 2017 el arqueólogo y vecino del pueblo Pablo Schnell procedió a realizar catas y un estudio arqueológico de la torre. Esto permitió confirmar su factura califal, del siglo IX o X. Esto se detecta especialmente en la base con unas zarpas de espejo típicas de la época omeya. Pese a todos los visitantes y el deterioro del entorno, Schnell pudo encontrar en el exterior varios fragmentos de cerámica califal, confirmando así el origen de la construcción. Llama la atención que no hayan aparecido restos vidriados, lo que puede significar que la cerámica no procede de una cocina doméstica, sino que son utensilios llevados allí para transportar la comida al modo de las tarteras actuales.

La atalaya aparece gemela a la que se encuentra en Hoyo de Manzanares. Esta atalaya, también cilíndrica, tiene sus restos dentro de la zona militar, lo que seguramente ha permitido una mejor conservación arqueológica. La Torrecilla, como se la conoce, esta inmediata a una pequeña basílica visigoda y con restos de un poblado de esa época. En superficie se observan restos de cerámica, aparentemente de época andalusí. Habrá que esperar a un estudio arqueológico completo para confirmar toda la información.

A principios del siglo XX, la atalaya de Torrelodones se encontraba en un grave estado de abandono, desmochada y con grietas importantes seguramente provocadas por algún derrumbe. Afortunadamente, la familia Aznar, propietaria entonces de la finca “Las Marías”, procedió a su restauración en 1928, dándole la configuración actual. La atalaya fue declarada monumento histórico-artístico en 1983, una vez más, gracias a la intervención de nuestro cronista José de Vicente que presento al Ayuntamiento una Memoria avalada por varios historiadores.

El 1 de marzo de 1979 se celebraron en España las primeras elecciones democráticas después de la dictadura. En Torrelodones, algunos nostálgicos del Régimen de Franco decidieron manifestar su oposición a las urnas con la colocación de una bomba en la Atalaya, que abrió un boquete en su estructura. Así iniciamos la democracia en nuestro pueblo.


En el siglo XIX los caminos españoles eran muy peligrosos. En muchas ocasiones no estaban mantenidos y eran frecuentes los desmanes de los señores locales. Los portazgos en puentes y pasos encarecían los transportes. Pero, sobre todo, la seguridad obligaba, a los que se lo podían permitir, a requerir acompañamientos y gente armada que protegiera a los viajeros.

Detrás de este escenario están intentos de modernización como el fallido proyecto de crear un canal que pudiera transportar mercancías desde el rio Guadarrama hasta Sevilla (nuestro Canal de Guadarrama). En paralelo la Corona establecerá un sistema, copiado de los romanos, de comunicación a caballo usando las postas como puntos de descanso y cambio de caballos.

También se establece un sistema de carruajes, mínimamente protegido, que iniciarán el sistema de transporte público en nuestro país. Son las galeras de mensajería que transportaran cartas y personas. Al estar Torrelodones en un camino real y a cinco leguas de la capital, sus posadas eran parada casi obligada, aunque, hay que reconocer, de bastante mala fama. Bastantes viajeros hablan de su experiencia en los mesones locales. Enrique Cock, arquero de Felipe II y miembro de su séquito escribe en 1592: “Domingo siguiente, ultimo de mayo, después de haber oydo misa y acabado de comer, pasamos adelante por las roccas, a mano derecha, que desta una buena legua de Pozuelo y venimos hacer la segunda noche en la Torre de Lodones, pueblo de hasta quarenta vezinos, del Real de Manzanares, perteneciente al Duque del Infantado, a cinco leguas de Madrid, en el camino pasagero hacia castilla la Vieja, cuyos vezinos son quasi todos messoneros, acostumbrados a robar a los que pasan, por lo que comúnmente se llama Torre de Ladrones”.


Aunque la pedriza ofrecía los refugios ideales, los bandoleros se movían por el camino real a la búsqueda de presas. Así el 30 de octubre de 1836 Luis Candelas y su lugarteniente Balseiro asaltan entre Torrelodones y las Rozas una galera de mensajería que iba hacia Madrid, así como alguna otra con pasajeros, robándoles y dejándoles atados en el camino.

El posterior robo de la modista de la reina convirtieron a Candelas en el enemigo público número 1. Candelas terminó en el patíbulo, mientras que Balseiro consiguió conmutar la pena de muerte por la de 20 años a cambio de dinero. El escritor inglés Jorge Borrow, propagandista protestante y que por ese motivo terminó en la misma cárcel, nos cuenta: “poco después de mi salida de la cárcel, Balseiro, en compañía de otros presos, agujereó el techo de la prisión y se fugó”.

“Poco después, Balseiro, planeó el secuestro de los hijos del intendente de la casa Real, llamado Gabiria y sacándoles del colegio se los llevaron a una cueva que tenía Balseiro en un lugar agreste y solitario a cinco leguas de Madrid, cerca de Torrelodones… mucha gente a pie y a caballo recorrió la zona y rescataron a los niños. Balseiro y su banda fueron detenidos y ahorcados, en presencia de Gabiria y sus hijos que vieron la horrible escena a sus anchas subidos a su carruaje…”.

José de Vicente afirma: “por estos alrededores no conozco más cuevas que esta del Gato, debajo del Canto de la Cueva, luego ahí debió de estar el refugio citado por Borrow”.

Ahora solo falta identificar la cueva y el Canto.


Además de impartir clases en Torrelodones durante 40 años, José de Vicente Muñoz fue cronista del municipio y defensor de su patrimonio.

¿Te has fijado que la biblioteca del pueblo, en la calle Real, está dedicada a José de Vicente Muñoz? ¿Sabes quién era este personaje?

Torrelodones, 1940. La guerra ha acabado y las nuevas autoridades tratan de ir normalizando la situación. Los dos maestros del pueblo estaban muertos. El profesor y alcalde Mariano Cuadrado había sido fusilado en las tapias del Cementerio del Este el 15 de septiembre de 1939. Rafael Martínez, maestro de la Colonia y concejal había visto conmutada su condena a muerte por cadena perpetua, pero en ese año de 1940 murió de hambre en la prisión de Ocaña.


José de Vicente, maestro nacional, llega destinado a Torrelodones ese año. En una entrevista en 1980 habla de esos primeros años:

“Cuando llegué al pueblo me impresionó que, al ir por la calle, con la gente que me cruzaba miraba hacia otro lado. Las causas no las sé, quizás era terror, odios y resquemores derivados de los bandos de la guerra”.

“La vida en el pueblo era muy dura en aquellos años. En el año que llegué murieron 12 o 14 personas de hambre. Todo el mundo intentaba buscar algo para comer. Yo afortunadamente no necesitaba cartilla de racionamiento porque mi patrona poseía una carnicería. Luego empezaron a reconstruirse los hoteles y la gente empezó a encontrar algo de trabajo”.

“Entonces ganaba 11 pesetas diarias y pagaba 9 de pensión. Vivía en una casa donde había de todo y podía dar mi cartilla a otros que la necesitaban más. En la escuela, los libros eran un desastre y para el material escolar teníamos 80 pesetas al año, que se iba en tiza, el papel era de estraza y las familias no podían comprar cuadernos. Las ventanas de la escuela no tenían cristales y dábamos clase con abrigo y bufanda. Con las depuraciones de magisterio no había nadie para dar clase en la Colonia. A petición del alcalde, me hice cargo de la escuela de Colonia y andaba todos los días los 3 o 4 kilómetros desde el pueblo para dar clase. Un maestro debe tener vocación para formar a las generaciones futuras”.

“Por las mañanas daba clase en la estación y por la tarde en el pueblo. Las daba en la que hoy es la tienda de Sonsoles, no tenía ni cristales, ni brasero, ni estufa…. ¿Como podías obligar a un niño a trabajar si te daban ganas de cogerle las manos y frotárselas?”.

“Aquí ha habido muchos personajes, con mucho dinero, con mucha preparación, pero que se han preocupado muy poco en mejorar culturalmente a Torrelodones. Algunos personajes, como el Conde de Las Almenas, daban alguna fiesta para la gente del pueblo y ayudaban a alguna familia necesitada, pero eran más que nada elementos caritativos, sin que, en realidad se preocuparan del pueblo”.


José de Vicente estuvo 40 años impartiendo clases y se convirtió en cronista del pueblo. Investigó el origen del nombre de Torrelodones, confirmando que, leyendas aparte, viene del término lodones, árbol abundante de la zona también llamado almez. Cuando se empieza a demostrar el puente de Herrera en 1985 para ampliarlo y asfaltarlo, fue una de las figuras que encabezó las protestas vecinales.


Año 1985. Para sorpresa de los vecinos se empieza a desmontar el puente de Juan de Herrera sobre el río Guadarrama, en el camino de Galapagar, una infraestructura construida en el siglo XVI por órdenes de Felipe II. La intención era suprimir todas las losas de granito del pavimento, proceder a la ampliación del tablero y asfaltarlo para mejorar el tráfico de vehículos, lo que suponía la destrucción de esta obra Herrera, el arquitecto que terminó el Monasterio del El Escorial y que da nombre al estilo Herreriano. El proyecto se empezó a ejecutar ampliando la calzada a la salida de Torrelodones y desmontando, piedra a piedra, el puente para su ampliación, “modernización” y asfaltado. De esto hace apenas 50 años, lo que muestra la valoración del patrimonio en nuestro país hace dos días.

Afortunadamente, algunos vecinos e historiadores se opusieron. El enfrentamiento vecinal contra esta barbaridad fue encabezado por Luis Cervera Vera, historiador y gran especialista en Felipe II y El Escorial, y José de Vicente Muñoz, nuestro cronista local, que lanzó una amplia campaña de recogida de firmas, mientras movía Roma con Santiago para recabar apoyos de todo tipo de instituciones.

Finalmente, con la movilización social, las firmas de centenares de vecinos y declaraciones de arquitectos e historiadores, así como de algunas instituciones, consiguieron que se cambiara el trazado de la carretera, con un nuevo puente sobre el Guadarrama, obra del ingeniero Fernández Troyano, padre de un exconcejal de Torrelodones, y reconstruyendo el puente de Herrera, piedra a piedra, salvando así este patrimonio histórico.


Una figura controvertida pero valiosa en nuestra historia reciente es D. Manuel Pardo, que fue uno de los impulsores de los orígenes agrícolas de la Colonia. Él fue quien dio nombre de «Colonia Agrícola La Victoria», a un conjunto de viviendas con parcela a vaquerías, cuadras y cijas que su anterior propietario D. Antonio Briones había edificado a finales del siglo XIX en una parte de su «Coto de Prado Grande». En 1903 el Sr. Pardo constituye la Compañía General Española de fabricación de productos alimenticios «La Victoria».  El ambicioso proyecto ocupa desde las inmediaciones de la estación hasta Prado Grande y los terrenos de la actual Casa de Cultura. No se desarrollará, pero en su lugar se producirá en los años siguientes las segregaciones y venta de terrenos que supondrán la transformación de colonia agrícola a colonia de veraneantes. Pero sepamos todos que los orígenes de la Colonia de Torrelodones no están en los foráneos veraneantes sino en unos emprendedores y su vocación agropecuaria.

De Colonia agropecuaria a residencial de veraneo
Unos apellidos clave en esa transformación del uso del suelo en Torrelodones son Andrés Vergara y su mujer Rosario Manzaneque. Andrés Vergara compra 76 hectáreas a Manuel Pardo, que según el cronista D. Jose de Vicente, serán los primeros terrenos en planificarse en el pueblo. Pocos años después Dª Rosario Manzaneque, viuda de Vergara, tendrá ya 24 viviendas de alquiler, además de haber vendido numerosas parcelas para la construcción de hoteles particulares, configurando la actual Colonia.

Este crecimiento urbano se produce sin las infraestructuras que hoy consideramos básicas (firmes, aceras, saneamiento, agua corriente), pero a cambio cuenta con Casa cuartel de la Guardia Civil, Correos y Telégrafos, farmacia, iglesia, parque y hasta teatro (propiedad de los Vergara) que luego cedería para escuelas municipales. Desde 1908 existe la «Asociación de Propietarios de la Colonia Victoria de Torrelodones», que tuvo su sede en el casino que había en la actual parcela de la Casa de Cultura.


Un aspecto no muy conocido de nuestra pequeña historia local es la existencia de proyectos agropecuarios de muy diferentes resultados pero merecedores de un reconocimiento, por el compromiso que supusieron y porque cambiaron algunos aspectos de nuestro municipio. Empecemos señalando la existencia de varias vaquerías para la producción de leche para el consumo local. En la Colonia funcionaron «El águila» y «La Cigüeña» y en el pueblo la vaquería de Las Rozuelas que estuvo en funcionamiento hasta pasado el año 1975.

Granja Los Peñascales
D. Gabriel Enríquez de la Orden, una de las familias más comprometidas con nuestro pueblo, funda en 1919 la Granja Los Peñascales en un terreno de más de 500 hectáreas, en lo que hoy es el entorno del embalse de Peñascales y la actual residencia del INI. Allí se establece una granja modelo de gallinas ponedoras y, por primera vez en España, un rebaño de «Karakul» o astracán. Su explotación durara hasta 1954, año en el que la Dirección General de Ganadería compró todo el rebaño. Posteriormente la actividad de la familia cambiara de orientación, procediendo a la segregación y parcelación de su propiedad, generando el núcleo poblacional más extenso del municipio: Los Peñascales.


Año 1325. Libro de la Montería de Alfonso XI. En él se describe una cacería de osos en nuestro pueblo.

El berrocal (Gran cantidad de berruecos graníticos y piedras caballeras) de la torre de los lodones es un buen monte de osos en invierno. Et es del Real. Et es la vocería desde la torre de los lodones hasta el Apalante (el arroyo de Peregrinos) y la otra a las Navas entre el Berrocal y el Serrejón (montes de la sierra de Hoyo)”.

Las vocerías, con su escándalo de gritos y ruidos, “echaban” a los osos hacia el arroyo de Peregrinos y ahí las “armadas” (el nombre lo dice todo), se colocaban unas en la parte baja del arroyo y otras en la parte alta en las navas, junto a la posterior casa de Ruiz Jiménez y actual Universidad Nebrija de la Berzosa. Los dos sitios por donde los osos buscaban la huida. Y donde les esperaban para la mortal cacería.


José de Vicente fue el cronista local de Torrelodones. Maestro del pueblo durante 40 años, investigador local, defendió las costumbres y patrimonio del pueblo. Investigó el origen del nombre de Torrelodones, confirmando que leyendas aparte, el nombre viene del término lodones. 

Philmarin, CC BY-SA 3.0 https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0, via Wikimedia Commons

El nombre venía de la unión de LOTUS y DONES, formando LODONES. Árbol abundante antiguamente en la zona, llamado también almez por los árabes y del que todavía se conservan algunos ejemplares de más de cinco metros de alto con una copa de cuatro en la zona de nacimiento del arroyo del Piojo, en el monte Los Ángeles, cerca de lo alto del Canto del Pico.


Uno de los primeros documentos que hacen referencia a Torrelodones data del 26 de noviembre de 1275. Fue escrito en San Justo de Alcalá y de manera extractada dice: “sepan evantos esta carta vieren … que estos que aquí son escriptos: Manzanares, Las Chozas… La Torre de los Lodones, con el Tejar” como pertenecientes al término de Manzanares y posteriormente al Real de Manzanares por orden de Alfonso X, el Sabio.

El Tejar se nombra ya como despoblado vinculado a la Torre. Se puede relacionar con la orden de expulsión de los musulmanes dictada por Alfonso VII en el año 1150 que provocó el abandono de muchos poblados bereberes. No se ha hecho todavía una prospección arqueológica sistemática del municipio, por lo que no se ha podido situar su ubicación.

En 2013 el Ayuntamiento de Torrelodones elaboró una Propuesta de Elementos para la Carta Arqueológica y catalogación de Recursos. Un documento de dos tomos, con más de 400 páginas, en el que planteaba la urgente necesidad de esa prospección. Aquel documento pretendía identificar los recursos locales para un desarrollo turístico cultural, proponiendo medidas de conservación, puesta en valor y mejora de la calidad de vida de los vecinos.

Pero como pasa en tantas ocasiones, la iniciativa no paso de ahí y once años después seguimos sin un mejor conocimiento de nuestro patrimonio y sin actualizar la Carta Arqueológica de Torrelodones.


Aunque creamos que es una novedad, lo cierto es que Torrelodones tiene una cierta tradición de movilización vecinal frente a decisiones injustas. Los vecinos tienen gran paciencia, pero como lleguen a su límite que tengan cuidado las autoridades locales.

Situémonos en el año 1926. La corporación municipal decide, por sabio consejo del técnico municipal (inspirado por alguien según las malas lenguas), y con el fin de recaudar fondos, sacar a subasta “24 metros cúbicos de piedra sillera y sillarejo granigordo que hay en la arqueta”.  Parece una partida más de piedra berroqueña, pero se trataba de la arqueta situada junto a la fuente y construida por orden de Felipe II.  La subasta fue adjudicada a D. Gabriel Enríquez de la Orden, que ordenó desmontarla para trasladarla a su propiedad de Peñascales. 

La arqueta de agua, fechada en 1591, estuvo durante más de 300 años limpiando y depurando las aguas que luego pasaban a la fuente del caño que servía a toda la población. El agua procedía del arroyo del piojo o de la Torre y se depuraba por sedimentación.

Pero la decisión del Ayuntamiento se encontró con la oposición vecinal.  A los vecinos no les gustó nada que quisieran privarles del sistema de depuración natural que era la arqueta y manifestaron ruidosamente su oposición hasta lograr que se suspendiera la decisión, se revocara la subasta y se mantuviera la arqueta en su lugar habitual y al servicio de todos los vecinos. Gracias a esa oposición hoy todavía podemos disfrutar de esta muestra de nuestro patrimonio común.

Estas iniciativas tendrán continuidad con la postura de respeto a la legalidad durante el conflicto de la Guerra Civil, con la defensa de los maestros que apoyaban la creación de las APA de padres en los colegios de Torrelodones a finales de los años setenta, impidiendo su detención por la guardia civil; en la defensa del puente de Herrera sobre el río Guadarrama en los años ochenta; y en la oposición de los vecinos de Colonia al intento de PGOU de 2015.